Ángela, testigo de un tiempo que no debe olvidarse
Antxon Alfaro
Hoy, 14 de abril, aniversario de la proclamación de la Segunda República, queremos compartir un fragmento de la entrevista que realizamos a la vecina altzatarra Ángela Rubio Rodríguez dentro del proyecto Lekukoak. En él, Ángela recuerda lo que significó para ella la llegada de la República.
Ángela nació en 1915 en Casares de Las Hurdes, uno de los rincones más pobres de la España profunda, en el seno de una familia humilde con nueve hermanos. A los ocho años ya cuidaba cabras. No tuvo zapatos hasta los diez, cuando su padre le hizo unas chanclas con sus propias manos. Nunca fue a la escuela. Y, sin embargo, vivió 104 años y fue testigo de todo: la miseria del antiguo régimen, la esperanza que trajo la República, el horror de la guerra civil y las largas décadas de silencio que vinieron después.
Su testimonio, recogido en el vídeo que acompaña estas líneas, es verdaderamente revelador. Con la claridad y la rabia serena de quien habla desde la experiencia, Ángela describía así la España anterior a la República: “los pobres trabajaban arrastrados por el suelo, muriéndose por los caminos”, mientras el poder se repartía entre reyes, nobles y clero. En los pueblos no había médicos ni maestros, ni tampoco futuro para los de abajo.
Izada de la bandera republicana en el balcón del ayuntamiento de Eibar
Cuando el 14 de abril de 1931 se proclamó la República, millones de personas como Ángela sintieron por primera vez que el país también podía pertenecerles. Que sus hijos podrían ir a la escuela, que la tierra podría repartirse con mayor justicia y que la dignidad no debía ser un privilegio de unos pocos. Pero, tristemente, aquella esperanza duró muy poco.
Hoy, al recordar aquel momento histórico, queremos que la voz de Ángela llegue a quienes no vivimos aquellos tiempos. No para quedarnos en el pasado, sino precisamente para aprender de él y no repetirlo. Ella, que nunca tuvo acceso a la educación, comprendía muy bien lo que estaba en juego.
No podemos permitirnos olvidar. Porque olvidar no es solo dejar atrás el pasado, sino también debilitar el presente. El testimonio de Ángela nos recuerda que los derechos, la dignidad y la justicia social nunca están garantizados para siempre: son conquistas que pueden perderse si no se cuidan. Escuchar su voz hoy es, también, una forma de compromiso. Un recordatorio de que la memoria no es nostalgia, sino una herramienta imprescindible para construir un futuro más justo.



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