Derecho a ser

2001, Abenduak 1

Elena Arrieta

Erase una vez un chaval, rondando los 25 años. Una parálisis cerebral le había dejado sin casi movilidad. De expresión muy limitada y habla casi ininteligible. Falta de control muscular. Vivía en Larratxo-Altza. Sus padres, cada vez más mayores y cada vez más cansados, empujaban su silla de minusválido por aceras sin rebajar, coches encima de las aceras, motos a toda velocidad por las mismas, hasta llegar a Herrera para tomar algo en Gaiztarro. Un día, el chaval recibió un regalo: Una magnífica silla con motor. ¡Por fin había llegado el día de recuperar su espacio vital! Ese que tenía invadido con amor, solicitud y cuidados, pero invadido. Y un sábado por la tarde, los padres se quedaron un momento hablando con unos amigos que encontraron a la altura del “Topo”.

¡Esta es mi oportunidad! —se dijo el chaval—. Puso en marcha su silla nueva y enfiló la Avda. Jose Elosegi, dirección Donostia, por la acera de la derecha. Y llegó despacito hasta la entrada de Gaiztarro.

Desde aquí —se dijo— cruzaré y por la otra acera, volveré a donde están mis padres.

Pero, era Herrera. No era el centro de la ciudad. No hay rebajes, no hay accesibilidad. El semáforo se puso en verde para peatones pero nuestro protagonista no podía salvar la acera. Un conductor le vio. Se bajó de su coche y empujó la silla, con un motor que no valía para nada en ese momento. Otra persona, consciente del riesgo, cruzó desde la otra acera y ayudó. Había que pasar la N1 rápidamente, calle de desahogo de tráfico proveniente de la A8 y del centro de la ciudad peatonal por excelencia. Estábamos en la antítesis de las políticas peatonales, la antítesis de las aceras peatonales.

Finalmente se llegó al otro extremo. El chaval tenía trabada una pierna entre las ruedas de la silla, estaba asustado pero no dejaba de dar las gracias. Y no sé qué me dolió más, si un barrio agresivo y duro con el débil por una inexistente política social municipal, o la humillante situación de una persona, con derecho a un trato y atención leal, que no hacía más que dar las gracias porque se había paliado tontamente su fracaso de haber intentado ser válido y recuperar algo de su espacio vital, aunque fuera durante 10 minutos. Algo que se lee en los libros, en Internet, en esos artículos de firmas famosas: EL DERECHO A SER, A LA PROPIA DIGNIDAD, A INTENTAR SER ÉL.

No sé si él lloraría pero a mí me saltaron las lágrimas, de humillación, de rabia y coraje, por no ser capaces, desde las Asociaciones de Vecinos, de reflejar situaciones como éstas con la suficiente fuerza hasta conseguir que, quien deba, actúe.

HERRERA-ALTZA, 22 Septiembre 2001

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